Es preciso apuntar un Heil Hitler al cielo. Apretar los ojos como cuando no se quiere ver un mimo y tensar ese músculo del cuello.
Seguidamente, la barbaridad nazi debe transformarse en un puño revolucionario. Llevar el codo hacia atrás con el omóplato amplificado mientras se divide la boca en dos repúblicas. Una, capitaneada por la muela izquierda, derrumba estructuras yendo hacia atrás. La otra, más conservadora, sigue el extremo derecho del labio superior en una bella mueca.
Debe sonar el tambor de la panza, encontrar su camino a la garganta y rugir en la selva de sábanas.
El dedo pulgar del pie derecho oteará un punto en el horizonte.
Tras el estallido de la mañana, el cuerpo quedará perfectamente agotado, para luego emprender sucesivas repeticiones de intensidad decreciente.
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