Las
remiserías son ese lugar al que van a morir los autos. Un purgatorio de
ceniceros metálicos Gancia-Cinzano y sillones de cuerina. Forzosamente, los
remiseros deben llamarse llamarse Néstor u Osvaldo. De la misma manera, han de
tener una cadena o pulsera de oro, profesar su fe por algún club de pasado
glorioso y presente funesto y practicar el ritual de lavar el auto con menos de
un litro de agua.
Todo
remisero debe predecir el futuro amargo como una banda elástica en la boca…
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